Durante esta semana hemos sido bombardeados por titulares y fotos relativos a la vigésima sexta Conferencia de las Partes en Glasgow, mejor conocida como la COP26. Esta conferencia, que ha agrupado a Jefes de Estado, Ministros, Empresarios y manifestantes, es la última edición de una serie de conferencias auspiciadas desde hace casi 3 décadas por la Organización de las Naciones Unidas para arribar a acuerdos respecto a la protección del medio ambiente y el cambio climático. Estas Conferencias a lo largo de su existencia, han permitido arribar a muchos de los acuerdos internacionales que rigen la responsabilidades de los estados respecto al manejo de desechos y emisiones de gases de efecto invernadero.
Tras devastadores informes de científicos y organizaciones internacionales, además de la presión creciente de la ciudadanía a nivel global, esta COP en particular se identifica por la apremio que tienen los negociadores de los distintos países en salir de la conferencia con resultados tangibles para lograr apaciguar la crisis climática existente. Los organizadores se han propuesto cuatro metas macro: primero, asegurar el cero neto global para mediados de siglo, segundo, adaptar para proteger las comunidades y los hábitats naturales; tercero, movilizar la financiación para realizar los objetivos citados y por último, cooperar de manera transparente para lograr estos objetivos.
Uno podría preguntarse, cual es el inconveniente en ponernos de acuerdo en un tema que realmente es de pura supervivencia de la humanidad como especie. Evidentemente, para lograr estas “macro metas” se requieren compromisos y cambios en el modo de vida y de economía de países por completo. Por ejemplo, si vemos lo que implica el cuarto objetivo de cooperar de manera transparente, realmente significa operativizar acuerdos pasados como el de Paris, que implica mandatos mucho más directos y ejecutorios que vienen desde una esfera internacional. Además de que los acuerdos entre más de 197 partes de la COP deben ser legalmente compatibles con los sistemas jurídicos de todas las partes, esto implica transparentar para todos los países prácticas de producción y acceso a una visión más clara de como funcionan industrias estratégicas.
De igual forma, existen otros encontronazos: por ejemplo, la propia meta de reducir emisiones implica cambios en los métodos de producción que para algunas naciones son menos sencillos que para otras. Por ejemplo, los paises más desarrollados además de tener mayor recursos que pueden destinar para hacer más verde su economía, también se aprovecharon y fueron en gran parte causantes de la contaminación que la producción basada en combustibles fósiles creó. Si bien acuerdos pasados habian previsto precisamente la creacion de mecanismos de financiación y la obligación por parte de países mas desarrollados de facilitar fondos para ayudar a los países menos desarrollados y en vías de desarrollo para esta transición, ha sido dilatado por más tiempo sin garantías de su cumplimiento.
Quejas de esta naturaleza se muestran con declaraciones como las del llamado “Like-Minded Developing Countries” o grupo de países en desarrollo de ideas afines que incluyen a la India, China, Vietnam y Pakistan, que entienden que todo lo anterior constituye una “historia de promesas rotas que debilita el sistema internacional” y que los países más desarrollados al poner como meta emisiones netas cero para todos desconocen su propio rol histórico en el daño ambiental y que le “quita la escalera” para que otros países puedan desarrollarse como ellos.
A estos cuestionamientos, se le suma el hecho de que la crisis energética global a demostrado que para los propios países desarrollados es difícil terminar la dependencia del consumo de combustibles fósiles. Esto se evidencia con el alza de los combustibles en Estados Unidos o la crisis energética europea en la que el precio del gas ha aumentado, la disponibilidad ha disminuido y la producción de ciertos renglones de energías renovables a disminuido también.
Precisamente, todas estas dificultades evidencian como aun estando en la palestra permanentemente a nivel internacional el tema de la crisis climática, en algunos como el comercio internacional, se ha dejado a un lado por las difíciles decisiones que implican. Esfuerzos que iniciaron en la Ronda de Doha como el Acuerdo sobre Bienes Ambientales simplemente no fueron concretados. Realmente, no hay respuestas sencillas a la crisis climática que se enfrenta la humanidad. Requerirá necesariamente cambios estructurales de nuestro modus operandi a nivel global. Esperemos que el hecho de que la COP 26 y la duodécima conferencia ministerial de la OMC que tratará a su vez temas climáticos pueda conciliar las agendas para encontrar soluciones reales y duraderas.














